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DEL CONOCIMIENTO AL APRENDIZAJE: LA DIFERENCIA HUMANA FRENTE A LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL por Horacio Krell (*)


Durante siglos, el conocimiento estuvo alojado en el cerebro humano. Era escaso, costoso de adquirir, se transmitía lentamente y se perdía con la muerte de quien lo poseía si no quedaba documentado. Ese límite biológico hacía del saber una ventaja competitiva. Hoy ese escenario cambió de raíz.


La inteligencia artificial accede al conocimiento por la ley de los grandes números: lee, procesa y resume cantidades masivas de información a velocidades inalcanzables para cualquier persona. No comprende lo que hace ni tiene conciencia de ello, aunque lo simule. Sin embargo, produce conocimiento operativo de manera continua, sin descanso y sin desgaste.


El ser humano no puede competir en ese terreno. Su capacidad es finita, su atención limitada y su memoria frágil. Peor aún: al intentar imitar el funcionamiento de la máquina ?acumular datos, responder rápido, producir sin pausa? fue relegando las capacidades que lo distinguen.


El error de confundir conocimiento con aprendizaje

En este nuevo contexto, el conocimiento dejó de ser una ventaja porque dejó de ser escaso. Está disponible, es replicable y combinable casi sin costo. La verdadera diferencia ya no está en lo que se sabe, sino en la capacidad de aprender. Aprender no es acumular información, sino:

? comprender el error,

? modificar la conducta,

? decidir y actuar en consecuencia.


Si un error se repite, no hubo aprendizaje. El conocimiento aprendido implica saber

hacer. No se nace sabiendo: se aprende experimentando. Por eso, reducir el aprendizaje

a la técnica es una confusión. La curiosidad, la toma de decisiones, el liderazgo y la creatividad también se practican y se desarrollan.


Intención, atención y realidad

La cultura del pensamiento positivo y la llamada ?ley de la atracción? simplificaron en exceso procesos complejos. No basta con desear algo para que ocurra. La intención es necesaria, pero insuficiente. Sin atención y acción concreta, no hay transformación posible.


La atención ?entendida como foco consciente? es un recurso limitado y valioso.

Mantener una atención flotante permite detectar oportunidades, cambiar de rumbo y distinguir lo importante de lo accesorio. No se trata de negar la realidad, sino de actuar sobre lo que está dentro de sus límites.


La ciencia es clara: no existen leyes psicológicas universales que garanticen resultados.

Existen hipótesis, probabilidades y condiciones. El pensamiento positivo funciona

cuando no reniega de la realidad y cuando se integra en un plan realista de acción.


Aprender del error y construir prevención

El aprendizaje auténtico exige reconocer los errores, explicitar lo aprendido y cambiar

el comportamiento. Esto vale tanto para las personas como para las organizaciones.

Naturalizar el error como fatalidad ?suerte, tragedia, destino? impide aprender. La

prevención no elimina el azar, pero reduce su impacto. Como decía Pasteur, el azar solo

favorece a las mentes preparadas.


El conocimiento pasó del cerebro a las máquinas

La inteligencia artificial modificó la creación de valor. El saber crítico ya no reside

exclusivamente en las personas: se captura en datos, que se digitalizan y se recombinan

de forma continua. El conocimiento viene del mercado, de los comportamientos, de las tendencias.


La IA no necesita conciencia para transformar sistemas. Tampoco viene a ?ayudar?: viene a cambiar las reglas. No se trata de hacer mejor lo que ya se hacía, sino de hacer cosas distintas, incluso aquellas que antes no eran posibles.


Por eso, la pregunta clave ya no es qué sabe una persona u organización, sino:

? ¿qué debe dejar de hacer?

? ¿qué puede delegar?

? ¿qué nuevo saber necesita aprender?

? ¿cómo rediseñar el sistema completo con una lógica ?AI first??


La ventaja competitiva ya no es el conocimiento acumulado, sino la capacidad de

aprender, desaprender y rediseñar.


La diferencia humana

La inteligencia artificial no tiene conciencia, emociones ni sentido. El ser humano sí. Su valor no está en competir con la máquina, sino en hacer lo que la máquina no puede: elegir, imaginar, otorgar significado y orientar la acción.

Cuando el conocimiento deja de ser escaso, la verdadera ventaja es aprender mejor y más rápido. Quien no aprende, no tiene futuro. Por lo tanto, frente a un mundo donde el conocimiento dejó de ser escaso y pasó a las máquinas, resulta necesario reflotar como verdadero sistema operativo educativo las cuatro A: aprender a ser, aprender a aprender, aprender a hacer y aprender a convivir.


(*) Director de ILVEM. Mail de contacto horaciokell@ilvem.com o +5491180310301